La debacle del Nzalang Nacional en la 35.ª edición de la CAN tiene un origen claro
La selección nacional de fútbol de Guinea Ecuatorial ha quedado eliminada de la 35.ª edición de la Copa de África de Naciones tras firmar una decepcionante fase de grupos, en la que ha perdido sus tres partidos consecutivos, encajando seis goles y solo lograr marcar tres. Un balance que certifica una de las peores actuaciones del Nzalang Nacional en la máxima competición continental.
Según los registros históricos, esta edición de 2025 representa el peor desempeño de Guinea Ecuatorial en sus cinco participaciones en la CAN. En 2012, el equipo alcanzó los cuartos de final; en 2015, llegó hasta las semifinales; en 2021 volvió a situarse entre los ocho mejores; en 2023 fue eliminado en octavos de final. En contraste, la campaña actual deja al Nzalang como colista del grupo E y una de las selecciones con menor rendimiento del torneo.
Ante este fracaso, gran parte de las críticas se han dirigido al seleccionador nacional, Juan Micha Obiang, señalado como principal responsable de la debacle. Sin embargo, reducir el análisis a la figura del técnico supone ignorar una serie de factores estructurales y contextuales que precedieron a esta eliminación. La memoria reciente remite inevitablemente a los acontecimientos del mes de diciembre, concretamente al día 9, cuando una autoridad deportiva nacional llegó a afirmar públicamente que “Guinea Ecuatorial no va a terminar por temas de fútbol”, una declaración que evidenció tensiones internas y una preocupante falta de estabilidad institucional.
En el fútbol de alto nivel, los resultados no dependen de la suerte, sino del trabajo, la planificación y la coherencia en la gestión. Cuando estos pilares fallan, las consecuencias suelen reflejarse en el terreno de juego. Es innegable que el seleccionador tiene su cuota de responsabilidad: ha cometido errores técnicos y estratégicos. No obstante, atribuirle en exclusiva el mal desempeño del equipo resulta injusto y simplista.
Uno de los problemas de fondo es la creciente politización del fútbol y del deporte en general en Guinea Ecuatorial. Declaraciones como la de una alta autoridad que afirmó que, en su calidad de viceprimer ministro y ministro de Deportes, debía conocer y supervisar la alineación antes de los partidos, revelan una injerencia directa en el trabajo técnico.
Este tipo de intervenciones condiciona las decisiones del seleccionador, que se ve presionado a satisfacer intereses políticos en lugar de priorizar criterios deportivos.
Cada actor debe asumir su rol y ejercerlo con responsabilidad. La selección nacional despierta ilusión, expectativas y orgullo cuando compite y gana; es un símbolo del patrimonio colectivo del país. Proteger esa “reliquia” exige profesionalismo, respeto a las competencias y una visión a largo plazo.
En el fútbol, como en la vida, hay que saber ganar y también perder. Esta edición se ha perdido, pero el camino no termina aquí. Con autocrítica, unidad y una gestión adecuada, Guinea Ecuatorial puede volver más fuerte y aspirar, algún día, a levantar la Copa de África de Naciones.