Racismo | La FIFA debe replantear la sede del Mundial 2030 en España

El racismo continúa manifestándose con preocupante persistencia en el fútbol español, mientras las autoridades políticas y deportivas responden, en demasiadas ocasiones, con condenas retóricas que no se traducen en medidas eficaces. Esta falta de contundencia no solo perpetúa una lacra social, sino que erosiona gravemente la imagen internacional del país y del propio fútbol español que presume de valores universales como el respeto, la inclusión y la igualdad.

Los episodios racistas no son hechos aislados. Se repiten con frecuencia en competiciones nacionales e internacionales, desde LaLiga hasta torneos europeos e incluso en encuentros vinculados a organismos como la propia FIFA. El caso más reciente, registrado en un partido amistoso entre España y Egipto en Cornellá, vuelve a encender las alarmas. Los insultos y comportamientos discriminatorios desde las gradas contra la selección egipcia han sido denunciados por su federación como un escándalo de alcance global, dejando en evidencia que el problema está lejos de ser residual.
Este contexto resulta especialmente preocupante de cara al Mundial de 2030, que España organizará junto a Portugal y Marruecos. Se trata de un evento que reunirá a 48 selecciones de diversas culturas, religiones y orígenes étnicos. Muchas de ellas, particularmente africanas, cuentan con jugadores negros y musulmanes que podrían convertirse en blanco de actitudes hostiles. La pregunta es inevitable: ¿está España preparada para garantizar un entorno seguro y respetuoso para todos?
Las experiencias de futbolistas como Vinícius Jr. o Lamine Yamal reflejan una realidad incómoda. Ambos, entre otros, han sido víctimas de insultos racistas en estadios españoles, sin que las sanciones aplicadas hayan logrado disuadir la reincidencia. La repetición de estos actos transmite una preocupante sensación de impunidad que alimenta el problema en lugar de erradicarlo.
No se trata de cuestionar el sistema democrático español ni las libertades que lo sustentan, sino de señalar que estas no pueden ser excusa para tolerar comportamientos que vulneran la dignidad humana. La libertad de expresión no ampara el odio. La falta de educación cívica y de consecuencias reales ante estos actos contribuye a normalizar lo inaceptable. Incluso en eventos deportivos se han escuchado insultos contra figuras institucionales, lo que evidencia una crisis más profunda de respeto social.
En este escenario, la FIFA no puede limitarse a sanciones económicas que, a la vista de los hechos, resultan insuficientes. El organismo rector del fútbol mundial tiene la responsabilidad de garantizar que sus competiciones se desarrollen en entornos libres de discriminación. Retirar la organización del Mundial 2030 a España, o al menos replantear su papel como sede principal, sería una decisión drástica, pero coherente con la gravedad del problema. También enviaría un mensaje claro: el racismo no tiene cabida en el fútbol.
Más allá de España, este es un problema global. Aficionados de distintas nacionalidades incurren en conductas racistas, amparados en el anonimato de las gradas. Sin embargo, es responsabilidad de cada país anfitrión establecer mecanismos firmes de prevención y castigo. La inacción no solo perpetúa el problema, sino que lo legitima.
El fútbol, como fenómeno global, tiene el poder de unir culturas. Permitir que el racismo lo contamine es traicionar su esencia. El Mundial 2030 debe ser una celebración de la diversidad, no un escenario de discriminación. Si España no demuestra con hechos que puede garantizarlo, la FIFA está obligada a actuar.

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Justo Enzema-Nzá

Licenciado en Ciencia de Información y Periodismo por la UNGE. Está muy ligado al periodismo de investigación. lleva trabajando en los medios de comunicación nacionales desde 2014.

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